El mundo globalizado es
naturalmente socialista. La excesiva, terminante concentración de los medios de
producción y de sus bancos determinantes, controladores de la economía de
dichos medios, a través de las finanzas, que transformaron el capitalismo
productor en los monopolios del capital que encontraron en la especulación y en
producciones más intangibles sus mayores medios de ganancia, producjo poderes
escasos supraestatales. Las grandes bancas, dueñas de capitales enormes,
producen ganancias superiores a las del Estado más poderoso, los Estados Unidos
de América. Y su capital neto supera ampliamente el de cualquier nación del
planeta. Semejante poder concentrado necesita planificaciones territorialmente continentales,
en cuanto a qué, cómo, cuándo y dónde producir para maximizar las ganancias y
el correspondiente crecimiento de la concentración del capital y,
consecuentemente, del poder. Si asumimos que la economía planificada y
centralizada representa la característica definidora del socialismo, tal es el
caso actual.
Los gobiernos nacionales
responden a las órdenes del poder supranacional, generando acuerdos económicos,
tratados comerciales y uniones aduaneras que obedecen a las necesidades de los
distintos grupos monopólicos supranacionales, pero también, chocan entre sí,
pues diferentes súper monopolios necesitan diferentes y a veces colindantes
tipos de tratados y uniones, así como diferentes extensiones territoriales. En
este sentido, el carácter socialista de la forma de control de la producción y
distribución de la riqueza producida, choca con el carácter esencialmente
capitalista del contenido de dicho control. El objetivo no es la sociedad y
mucho menos la clase obrera, que tiende a desaparecer, sino que semejante orden
se establece en pro de un minúsculo grupo de familias que detentan dicho
control.
Acá es donde sucede el choque
cuyos resultados y futuro es incierto, mas nunca venturoso.
No parece factible, mucho
menos deseable, tal concentración socialista de los medios de producción y
financieros y el consecuente control organizado de la producción y distribución
de la riqueza, a favor de un grupo escaso de personas, en un momento en que la
humanidad cuenta con más de siete mil millones de personas. El riesgo de
exterminio es real y de hecho se está llevando a la práctica. Pero también es
de esperar que el riesgo de la violencia reaccionaria de las multitudes crezca
hasta límites seguramente fuera de control.

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