El
futuro previsible de la estupidez
Todavía hay gente (lamentablemente demasiada) que cree que en esta civilización economicista existen contradicciones filosóficas e ideológicas reales, tales que una de ellas propende a la felicidad humana y la otra a su desgracia y, eventualmente, su desaparición. Por ejemplo, existen los ilusos que creen en la contradicción entre materialismo e idealismo (o entre ateísmo y creencia en dios, o dioses). Así, hay una legión de acéfalos que optan por derecha o izquierda como si fuesen realmente enemigos confrontados por fines opuestos. En cierta forma podría llegar a ser cierto esto último, pues los líderes de izquierda y derecha tienen como único fin su beneficio, prosperidad, poder y no el del opuesto, aunque están dispuestos (siempre los jefes de los ejércitos lo están) a acordar, pactar y repartirse los beneficios según la correlación de fuerzas coyuntural. Y no les interesa más que eso, pues la vida de una persona se mide en coyunturas históricas, y saben que deben aprovechar la suya, porque para la siguiente seguramente estén muertos.
El meollo es
que en realidad no existen tales contradicciones, ni filosóficas, ni
ideológicas, ni prácticas, ni fácticas, sino que son apenas mascarones de proa
que sirven para engañar a las multitudes e inducirlas a operar en favor de unos
o de otros, pero nunca en favor de la especie, por supuesto, porque en la
sociedad economicista la economía es el paradigma, es el eje, es el control y
es el motor de existencia (no digo desarrollo, porque tal no existe, sino
apenas maquillajes tecnológicos que simulan evoluciones, a la postre sólo
útiles para que el sistema económico cumpla sus fines).
Me
preguntarán cuál es el tal paradigma. Pues simple, la acumulación de riquezas
sin solución de continuidad, lo que en otros términos significa la necesidad
del constante aumento de las mismas con el corolario de que en la práctica
social eso se traduce en el aumento del producto bruto.
Pero hay
algo en lo que tal sociedad economicista no repara y es en la finitud de los
recursos disponibles, dado que la especie existe, ha evolucionado para vivir en
este planeta de esta estrella y no en otro lugar. De hecho, si colocamos a un
humano en el espacio vacío, explota instantáneamente. Si lo colocamos en una estrella,
se desintegra carbonizado. Si lo colocamos en un planeta gaseoso, se hunde
irremediablemente, asfixiado. Si lo colocamos en un planeta rocoso pero sin
atmósfera, o sin esta atmósfera terrestre, muere asfixiado. En fin, no tiene
forma de sobrevivir fuera del planeta Tierra. Aún cuando creara las condiciones
locales en otro planeta, a la menor falla del sistema de supervivencia (lo que
con seguridad ocurriría con el correr del tiempo, digamos unos pocos años)
moriría, y eso suponiendo que fuera capaz de generar semejante sistema de
supervivencia, que implica un número enorme de variables a controlar. En
síntesis, el animal humano vive en un ambiente que es el planeta Tierra y éste
cuenta con un número finito de recursos, algunos pocos reproducibles, pero
muchos de ellos no reproducibles, o con una velocidad de reproducción demasiado
lenta como para poder atender las necesidades vitales de tales animales. Por lo
tanto, una civilización economicista sólo asegura acelerar su muerte por
inanición, dado que su consumo acelerado de recursos, debido a la necesidad de
crecimiento económico, agota rápidamente los mismos. Esa sociedad lleva dos mil
años, más o menos, pero el augurio es que en mucho menos de quinientos años más
ya no quede de ella más rastros que algunos restos de residuos venenosos de su
actividad.
